Crecí rodeada de libros que me abrían puertas a mundos imposibles: desde los universos de Michael Ende y Terry Pratchett hasta las intensas historias de amor de V. C. Andrews y Flores en el ático. Pero la verdadera magia no habitaba solo en las páginas; también vivía en los relatos que me contaba mi abuela Juana, un legado tejido con el sincretismo de sus raíces indígenas venezolanas y europeas.